La guerra en el Medio Oriente alcanza la economía boliviana
El
gobierno puede hacer poco para abordar la coyuntura, lo que hace las reformas
estructurales aun más urgentes
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| Fuente: Google Maps. |
Primero
llegó la factura de los aranceles; ahora, la de la guerra. Aunque Donald Trump
haya afirmado que su campaña contra Irán acabaría pronto, sus colaboradores mantienen
el tono beligerante. Estas señales confusas, que han volatilizado los mercados
energéticos, ocultan un hecho inquietante: el presidente estadounidense carece
de buenas opciones para restaurar la seguridad energética global. El cierre del
estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 15 por ciento del comercio
mundial de petróleo, ha demostrado que la geopolítica puede alterar los precios
más rápido de lo que cualquier gobierno puede corregirlos. Bolivia podría
sufrir las consecuencias.
Si
bien el mundo depende menos del petróleo que en las crisis de los años setenta,
hoy la demanda es mucho más rígida; y la interrupción, mayor. El transporte, la
logística y la petroquímica siguen sin sustitutos. Según estimaciones, ante un
cierre indefinido del estrecho de Ormuz, el precio del petróleo necesario para
equilibrar la oferta y la demanda podría superar los 150 dólares
estadounidenses por barril. Aunque las reservas estratégicas de los países
industrializados ayudan a amortiguar el golpe, no eliminan los cuellos de
botella físicos ni los riesgos que encarecen el transporte, los seguros y la
refinación.
La
conmoción también alcanza al gas. La principal planta de exportación de gas
natural licuado (GNL) de Catar suspendió sus actividades, sacando del mercado
casi 20 por ciento del suministro global. Este hecho ha embravecido la
competencia por el abastecimiento en Asia. En Europa, los precios se han
disparado más de un 50 por ciento. Pese a que Estados Unidos podría exportar
más GNL, la creciente demanda interna, debido al auge de los centros de datos
para la inteligencia artificial, pondría límites económicos; el potencial
proteccionismo de su gobierno, límites políticos.
Los
ataques de drones iraníes contra barcos e infraestructuras energéticas son baratos
y efectivos. Los asaltos en el Mar Rojo por rebeldes hutíes incrementan la
presión sobre el tráfico marítimo. En ese contexto, Estados Unidos está
tratando de persuadir a sus aliados en el Golfo Pérsico a coadyuvar en sus
ofensivas militares, mientras sus aliados europeos de la OTAN se muestran
escépticos sobre su objetivo y base legal, y podrían presionar por un alto al
fuego. Por su parte, Irán podría alargar la guerra, especialmente ahora que ha
probado su poder sobre el mercado energético. Por el contrario, las monarquías
del Golfo Pérsico temen que un cese de hostilidades apresurado deje a un
régimen iraní fortalecido y capaz de desestabilizar la región en el futuro.
En
política interna, una invasión terrestre para detener los lanzamientos de
drones implicaría un suicidio para Trump, quien enfrenta elecciones de medio
término con mal pronóstico para los Republicanos. Parte de ello tiene que ver
con los efectos inflacionarios de sus políticas. Haber iniciado una guerra —rechazada
mayoritariamente por los estadounidenses— parece estar restándole aprobación
personal. Para rematar, un posible juicio político ha vuelto a ser tema de
debate en la opinión pública.
«Comunicar transparentemente los reveses externos —y la lógica detrás de cada acción gubernamental— es esencial para mantener la estabilidad interna».
En un
contexto de tensiones geopolíticas perennes, las perturbaciones en los mercados
energéticos no desaparecerán; menos si el régimen iraní concluye que un arma
nuclear es la forma de sobrevivir. Esa es la nueva realidad en que deben actuar
las empresas y los gobiernos. El peligro latente de un conflicto obliga a reexaminar
minuciosamente los riesgos en las cadenas de suministro energéticas. Incluso si
esta guerra se enfría, la lección ya quedó instalada. Probablemente surja una
nueva prima de riesgo permanente, añadiendo presión inflacionaria cuando muchas
economías lidian con crisis internas, como Bolivia.
Este
escenario es menos lejano de lo que aparenta. Bolivia importa la mayor parte
del combustible que consume. Aunque exporta gas natural, sus reservas están en
declive. Nuevas exploraciones demorarán varios años, por más correctos los
incentivos que establezca la anunciada nueva ley de hidrocarburos. Cuando los
precios internacionales de los combustibles suben, el impacto sobre las
reservas internacionales del Estado es inmediato. Si el aumento se traslada a
los precios internos, el costo de vida sube. Habiendo levantado un subsidio que
desangraba la economía y con la herencia de una alta inflación subyacente, el
presidente Rodrigo Paz tiene poco margen de maniobra coyuntural.
Pero
hay alternativas estructurales. Paralelamente a la nueva ley de hidrocarburos,
que además establezca reservas de emergencia, Bolivia necesita normas que incentiven
el cambio a una matriz energética más limpia, soberana y diversificada. Simultáneamente,
es imperativo acelerar las exportaciones en cuanto rubro se pueda, pues es lo
único que puede disminuir el costo relativo del combustible sobre el total de las
reservas internacionales. En lo político, comunicar transparentemente los reveses
externos —y la lógica detrás de cada acción gubernamental— es esencial para mantener
la estabilidad interna.
La energía se ha convertido nuevamente en un factor geopolítico central. Si la Reserva Federal sube las tasas de interés para hacer frente a una ola inflacionaria, los países en desarrollo sufrirán de manera doble: porque el dólar se encarecerá, y porque cada dólar adicional gastado en energía competirá con otras prioridades. Aunque se apliquen políticas coyunturales adecuadas, esta guerra del Golfo tendrá consecuencias sobre las economías del mundo y de Bolivia. Más vale agilizar las reformas estructurales.
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