Cómo China contiene la crisis de combustibles en Bolivia

Su uso de instrumentos geoeconómicos ha frenado en hasta 30 dólares el precio del barril de petróleo y, con ello, un mayor desangramiento de la economía boliviana

Fuente: The Economist/Ben Hickey

La guerra en Irán deja una lección más allá de Oriente Medio. Mientras el mundo temía una crisis energética que dispare el petróleo a niveles récord, China estabilizó el mercado global utilizando políticas cuidadosamente diseñadas. El episodio demuestra cómo la geoeconomía —el uso estratégico de recursos económicos para alcanzar objetivos de poder — se ha convertido en la herramienta más relevante de la geopolítica moderna. Los efectos de esta jugada también llegaron a Bolivia, donde una subida mayor del petróleo habría agravado una crisis de combustibles que erosiona la estabilidad económica, política y social.

Cuando el estrecho de Ormuz quedó bloqueado y alrededor de 14 millones de barriles diarios de petróleo dejaron de circular normalmente, numerosos expertos anticiparon precios superiores a los 150 dólares por barril. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos y Japón desplegaron medidas de emergencia para reducir el impacto. Ninguna tuvo un efecto global tan significativo como las decisiones de Pekín.

Entre febrero y junio, China redujo sus importaciones en cerca de 5,5 millones de barriles diarios. Según estimaciones, ello contribuyó a reducir en hasta 30 dólares el precio del Brent, evitando una escalada mucho más agresiva. Lo notable es que esta reducción no obedeció a una recesión ni a un colapso de la demanda. La economía china siguió creciendo, mientras el Estado utilizaba distintos mecanismos para disminuir temporalmente su dependencia del mercado internacional.

Para Bolivia, que depende de combustibles importados mientras mantiene precios internos fijos y en gran medida subvencionados, cada incremento en el precio internacional del petróleo aumenta la presión sobre sus reservas internacionales. Con una disponibilidad de dólares disminuida, se vuelve más difícil importar combustibles, lo que termina afectando el abastecimiento interno: un círculo vicioso que genera una espiral de deterioro económico. En consecuencia, si el barril hubiera alcanzado los niveles previstos, la situación boliviana sería hoy mucho más compleja.

China frenó el precio del petróleo activando tres palancas geoeconómicas. La primera fueron sus gigantescas reservas petroleras. En los meses previos al conflicto, cuando los precios eran bajos, acumuló cerca de 200 millones de barriles que elevaron sus reservas hasta alrededor de 1.000 millones de barriles. Cuando la guerra interrumpió el suministro global, China empezó a consumir esas reservas en lugar de comprar en un mercado encarecido. Esta decisión redujo sustancialmente las compras externas justo cuando más presión existía sobre la oferta global. Así, las reservas estratégicas chinas pasaron de mecanismo de seguridad energética a instrumento de poder geoeconómico.

La segunda palanca fueron los controles a las exportaciones. Sabiéndose el segundo mayor refinador del mundo, China ordenó limitar las exportaciones de combustibles para concentrarse en el abastecimiento interno. Como resultado, disminuyó la necesidad de procesar petróleo de exportación y aumentó la disponibilidad local. Desde una perspectiva comercial, la medida implicó sacrificar ganancias. Desde una perspectiva geoeconómica, permitió preservar estabilidad y autonomía estratégica en un contexto internacional extraordinariamente volátil. El estatismo chino demostró, una vez más, su capacidad de subordinar decisiones empresariales a objetivos políticos.


«Sin renunciar a una economía abierta ni crear distorsiones innecesarias, los Estados deben evaluar cómo construir reservas y mecanismos de contingencia para productos indispensables para el funcionamiento económico. No es la solución ideal desde una perspectiva de eficiencia económica, pero responde a una realidad geopolítica que difícilmente desaparecerá».


La tercera palanca fue la reducción deliberada de la demanda interna. Gracias a años de inversiones en energías renovables, transporte ferroviario y movilidad eléctrica, China dispone de una alta flexibilidad energética. Cuando los precios del petróleo comenzaron a subir, millones de ciudadanos sustituyeron parte de su consumo por alternativas eléctricas y transporte público. Mientras, su industria petroquímica redujo su demanda de derivados y recurrió a sustitutos disponibles. El resultado fue una disminución significativa del consumo de petróleo sin provocar una paralización económica.

Esta episodio evidencia una realidad: la geoeconomía se ha convertido en una forma de poder tan relevante como la diplomacia o la fuerza militar. Durante décadas, la OPEP, el cartel global de productores, influyó en los precios del petróleo controlando la oferta. Hoy, China ha demostrado que un gran consumidor también puede influir decisivamente en el mercado mediante la gestión estratégica de la demanda, las reservas estratégicas y la flexibilidad de la economía local.

Lo importante para Bolivia es comprender la lección. La guerra en Irán demostró que el poder geoeconómico puede contribuir a amortiguar shocks externos cuando existe anticipación, resiliencia y acción estratégica. Aunque China actuó en función de sus intereses, su intervención ayudó a evitar una escalada mayor del precio del petróleo, reduciendo la presión sobre países importadores como Bolivia. La pregunta relevante, por tanto, no es cómo replicar el modelo chino, sino qué herramientas puede desarrollar Bolivia para reducir su exposición a crisis energéticas en un mundo cada vez más fragmentado, incierto y atravesado por tensiones geopolíticas.

La principal enseñanza no pasa por adoptar mecanismos de planificación centralizada ni por intervenir arbitrariamente los mercados. Restricciones a las exportaciones del gas boliviano, por ejemplo, mermarían la generación de divisas y la certidumbre para productores e inversionistas. Sin embargo, detrás de las políticas chinas existe una lógica estratégica que merece atención: la reducción de vulnerabilidades.

Ello implica promover inversiones que diversifiquen la matriz energética, ampliar y modernizar el transporte público, crear condiciones regulatorias para la transformación del parque automotor y del consumo de los hogares que permita sustituir gradualmente los combustibles fósiles. También implica reconocer que los precios cumplen una función económica esencial. Cuando reflejan los costos reales, hogares y empresas tienen incentivos para adaptarse, ahorrar energía, invertir en tecnologías más eficientes y tomar decisiones económicamente más racionales.

La experiencia china recuerda que, en un escenario internacional cada vez más inestable, los mercados por sí solos no siempre garantizan la disponibilidad de bienes estratégicos. Sin renunciar a una economía abierta ni crear distorsiones innecesarias, los Estados deben evaluar cómo construir reservas y mecanismos de contingencia para productos indispensables para el funcionamiento económico. No es la solución ideal desde una perspectiva de eficiencia económica, pero responde a una realidad geopolítica que difícilmente desaparecerá.

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